Abres un chat en blanco y le cuentas quién eres, a qué te dedicas y cómo quieres las respuestas. Mañana, con otro chat, vuelta a empezar. Ese arranque desde cero, cada día, es justo lo que un asistente propio elimina.
Un asistente no es una pregunta suelta bien escrita. Es un molde que guardas una vez y se aplica solo en cada conversación. Ese molde reúne tres cosas: quién es (su papel y para quién trabaja), qué sabe de ti (tu situación, que ya no repites) y qué no debe hacer (sus límites).
Ponle números. Si cada mañana le recuerdas al chat que llevas una tienda de bicis, que escribes en tú y sin tecnicismos, y que quieres las respuestas en listas cortas, son cuatro o cinco líneas que reescribes cada vez. A veinte conversaciones por semana, es un cuarto de hora tirado a la basura cada semana; y como nunca las escribes igual, el asistente tampoco te responde igual.
Chat suelto
Repites el contexto cada vez, con otras palabras. Un día se te olvida un dato y la respuesta se tuerce.
Molde guardado
El contexto está escrito una vez. Cada conversación arranca con todo puesto, y siempre igual.
La diferencia se nota enseguida. Un prompt suelto es una orden para hoy; el molde es una forma de trabajar que aguanta. Escribes el contexto una vez, no cincuenta. Y como los límites van dentro, deja de inventarse cosas o de salirse por peteneras.
Un molde no es un tocho. Si le metes tres folios de contexto, el asistente se pierde en lo que no importa. Va lo justo: quién es, lo que de verdad cambia sus respuestas y sus límites. Lo demás, fuera.
Un asistente es un molde guardado, no un chat en blanco. Reúne quién es, qué sabe de ti y qué no debe hacer, y se aplica solo cada vez que le hablas.
No hace falta programar nada. Casi todas las herramientas dejan guardar estas instrucciones fijas —a veces las llaman «instrucciones del sistema» o «asistentes»—. Da igual el nombre: el gesto es el mismo.
En este curso montas el tuyo pieza a pieza: el papel, el contexto, la memoria, tu voz, los límites, tus documentos, y cómo probarlo y mantenerlo. Empezamos por la pieza que sujeta todo lo demás: quién es.