Abres un chat en blanco y le cuentas quién eres, a qué te dedicas y cómo quieres las respuestas. Mañana, con otro chat, vuelta a empezar. Ese arranque desde cero, cada día, es justo lo que un asistente propio elimina.
Un asistente no es una pregunta suelta bien escrita. Es un molde que guardas una vez y se aplica solo en cada conversación. Ese molde reúne tres cosas: quién es (su papel y para quién trabaja), qué sabe de ti (tu situación, que ya no repites) y qué no debe hacer (sus límites).
La diferencia se nota enseguida. Un prompt suelto es una orden para hoy; el molde es una forma de trabajar que aguanta. Escribes el contexto una vez, no cincuenta. Y como los límites van dentro, deja de inventarse cosas o de salirse por peteneras.
Un asistente es un molde guardado, no un chat en blanco. Reúne quién es, qué sabe de ti y qué no debe hacer, y se aplica solo cada vez que le hablas.
No hace falta programar nada. Casi todas las herramientas dejan guardar estas instrucciones fijas —a veces las llaman «instrucciones del sistema» o «asistentes»—. Da igual el nombre: el gesto es el mismo.
En este curso montas el tuyo pieza a pieza: el papel, el contexto, la memoria, tu voz, los límites, tus documentos, y cómo probarlo y mantenerlo. Empezamos por la pieza que sujeta todo lo demás: quién es.