Abre una hoja con dos mil filas desordenadas y ahí la IA te ahorra la tarde. Pero cuidado con lo que le pides: no todo lo hace igual de bien.
Una IA de lenguaje hace una cosa: predice texto. Transforma lo que le das. Le pasas una columna de nombres a medio escribir y te la devuelve ordenada. Le pasas un correo largo y te saca los datos en una tabla. Eso lo borda.
Lo que no hace es calcular. Si le pides «súmame esta columna» y te suelta un número, ese número se lo ha inventado con la misma seguridad con la que acierta lo demás. No ha sumado: ha predicho qué cifra «pega» ahí. A veces cuela, a veces está mal por miles, y no avisa.
Un modelo de lenguaje predice texto, no calcula. Las cuentas las hace la hoja. Todo número que no le dieras tú, se comprueba.
La regla de todo el curso: la IA ordena, limpia, clasifica y redacta la fórmula; el cálculo lo hace siempre la hoja. En la próxima lección, lo primero de verdad: dejar los datos limpios sin escribir una sola fórmula.